El Nobel que no fue. A 28 años de la muerte de Borges.

“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.” (Jorge Luis Borges)

La construcción de laberintos, los tigres, los compadritos, los cuchilleros, los sueños, los recuerdos, el olvido y la escritura como creadora de mundos mágicos, irreales y hasta ilusionarios. Borges significa estos recorridos. Esos enormes laberintos en que los que su pluma única e irrepetible, sabe zambullirnos y llevarnos hacia los más recónditos lugares e historias que se relacionan con nuestra historia, con la pasada y con la futura, con la que no fue y la que no podrá ser nunca, pero que conforman, en definitiva, un mundo trepidante, mágico y fantástico.

El próximo 14 de Junio se cumplen 28 años de la muerte del más genial escritor argentino. Su nombre es sinónimo de literatura, pero también de posicionamientos controvertidos. Negar su relevancia en el plano cultural nacional es imposible, como así también su influencia en el mundo de las letras, más allá de nuestras fronteras.

Su vida, plagada de ribetes y datos curiosos, podría ser una narración de su propia autoría. Su familia con ascendencia española, portuguesa e inglesa, y las múltiples mudanzas  familiares que lo llevaron a Palermo, ese barrio que aparece en varios relatos, a Suiza, donde cursó su escuela secundaria, y luego a España donde comenzó a dar sus primeros pasos en la literatura, terminaron de pulir su carácter. Todos estos avatares lo llevaron a desarrollar esa literatura con geografías novelescas, historias de compadritos y sus múltiples historias universales. Borges era y es, ante todo, un ciudadano del mundo.

Borges representó la última oportunidad del país de obtener un Nobel de Literatura. Las múltiples crónicas al respecto, dejan entrever que se murió esperándolo. Razones políticas, un viaje a Chile en 1976, y diferencias de criterios con algunos de los miembros de la academia sueca, son algunas de las posibles hipótesis de porqué le fue negado ese galardón. Para sumar mayor intriga al caso, las deliberaciones de la academia y las decisiones deben permanecer en secreto por 50 años. Borges, siempre lúcido, declaró en varias oportunidades “yo siempre seré el futuro Nobel. Debe ser una tradición escandinava”, siguiendo su estilo literario.

En épocas mundialistas, como las actuales, Borges vuelve a darnos material de excelencia. Un hombre de las letras, los libros, las bibliotecas, y los idiomas, se mantenía lejos de la pasión popular. Incluso se atrevió a relacionar su fallida historia del nobel con el fútbol, “Me apena sí por los argentinos (no ganar el Nobel), que lo sienten como si fuera que han perdido un importante partido de fútbol”. Pese a esto, Borges entendía que “Once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota, no son especialmente hermosos” y que el fútbol “es uno de los mayores crímenes de Inglaterra”. Lo decía mitad en serio, y mitad como provocación. Le gustaba sentirse contra mayoritario.

Su relación con la política fue siempre difícil. En 1930 se opuso al golpe de Estado y se reconoció radical. Se opuso al peronismo en 1945, y apoyó abiertamente a la Unión Democrática. En 1955 acompañó la Revolución Libertadora, más que nada, por su oposición al peronismo que lo nombró “Inspector de mercados de aves de corral”. Borges reconoció su entusiasmo con la Revolución Libertadora, que incluso lo nombró Director de la Biblioteca Nacional, cargo que ocupó hasta mediados de 1970. Se reunió con todos los gobiernos, incluso con las dictaduras. Resaltó el gobierno de Illia, al que consideró el mejor de esa época, o al menos “el menos malo”. Pese a esto, años después, Borges criticó a las dictaduras militares “las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez” y dijo sobre el último gobierno militar: “hemos tenido estos 6 o 7 años desastrosos”. En 1980 firmó una solicitada por los desaparecidos (algo que muchos no se animaban a hacer en ese entonces). Al regreso de la democracia, dejó en claro su alegría al decir “Ahora quiero vivir, quiero ver este renacimiento”. Pero sobre todo, su alegría se basaba en un hecho histórico e inédito hasta ese entonces, el peronismo había perdido en las urnas, no había sido proscripto, no había sido tumbado por un golpe de estado. Borges se encontraba en Madison, y la noche del triunfo de Alfonsín se festejaba Halloween, y declaró tiempo después que esa noche “había sucedido algo mucho más fantástico en la patria, un milagro mayor”.

A 28 años de su partida, en Ginebra según su última voluntad, podemos recordarlo con una de sus genialidades en “Funes, el memorioso”: “Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto)…”.

Borges era ese “jardín de senderos que se bifurcan”, ese hombre contradictorio, que cometió torpezas y genialidades. Con aciertos y con errores, pero algo hemos de tener por certeza, Borges siempre será el futuro Nobel, porque la belleza y profundidad de su obra así lo merecen, y porque nuestros recuerdos mágicos ahí lo depositan, balanceando la historia y reescribiéndola para hacerle justicia.